domingo, 21 de agosto de 2016

Domingos de 21 a 24 Hs. por 107.7 F. M: San Roque.




jueves, 2 de junio de 2016

“Cultura a la fuerza”
Escuelas, ministerios, organizaciones, museos, etc. promueven diferentes actividades culturales de diferentes tipo, con la sana intención de aumentar la capacidad creativa, intelectual y artística de los habitantes, en las escuelas, durante las horas de clases y en actividades extraescolares se promueve este fin, los ministerios a través de diferentes actividades comunitarias a través de diferentes instituciones buscan apuntar  a lo mismo, los museos, con un fin también de transmitir conocimientos y visiones culturales y artísticas de todo tipo, hasta acá, todo lo conocido por la mayoría de la población al respecto. Pero qué sucedería si los habitantes un buen día decidiesen no recibir ningún tipo de formación cultural como sucedió en uno de los pueblos que conocemos en este libro.
En Ferreyra, un buen día vaya uno a saber por qué razón, los habitantes rechazaban asistir a clases de lengua, música, actividades practica; tampoco iban a visitar algunos de los museos que habían en el pueblo, los propios artistas del pueblo, rechazaban el dinero que planes sociales les daba para desarrollar su arte, cuando se presentaba alguna obra de arte, acudían grupos de violentos a escupir y arrojar cosas al escenario en el momento en que las obras se representaban...
Estas situaciones llamaron la atención de las autoridades, quienes con ayuda de otros pueblos cercanos decidieron ir encarando diferentes planes para ir solucionando esta cuestión:
Comenzaron con organizar pequeños eventos culturales con premios a los participantes, que consistían en libros de regalo a los que decidieran mostrar lo que sabían sobre música, pintura o literatura, ante la recompensa que tenía que ver con lo que se rechazaba sin motivos conocidos, se abandonó esta idea, y así siguieron con otros intentos que lograba los mismos resultados, el fracaso total.... Hasta que se decidió usar la fuerza para imponer la cultura (no desde el punto de vista antropológico como los que dicen que jugar al fútboles un arte, sino, algo más complejo)...
Se decidió imponer el gusto por las diferentes artes cueste lo que cueste y les guste o no a los ciudadanos:
Algunos ejemplos de esta revolucionaria medida:
-          A los conductores de autos y motos, en cada esquina se los obligaba a detenerse, bajarse de sus transportes y leer textos de poetas conocidos, si no lo hacían, se les secuestraba el transporte y el pago para retirar su auto o moto, consistía en memorizarse algún poema y decirlo con entonación correcta ante el comisario de quien dependía la aprobación y devolución del transporte.
-          En medio de cumpleaños en clubes o al aire libre, se suspendía el baile o los juegos y se obligaba a sus asistentes a observar una obra de teatro representada por artistas de pueblos vecinos, bajo pena de ser sustraída la torta y los regalos del cumpleañero, quien además al final de la obra debía analizar las interpretaciones y en base a sus dichos se le iban devolviendo los regalos y bocaditos.
-          A los detenidos, se los obligaba a escuchar durante horas con parlantes a todo volumen, en cárceles cerradas, canciones de Ricardo Arjona, que está bien, poco y nada tiene que ver con expresión artística alguna, pero eran como se percibirán verdaderas sesiones de tortura, que avisaban por radio y televisión que esa era uno de los castigos que recibirían los que no aceptasen las nuevas directivas del ministerio de cultura, por lo que el rechazo cada vez fue menor..
-          En los clubes, antes de cada encuentro deportivo, aparte de cantar el Himno Nacional Argentino, se obligaba a cantar arias de diferentes autores, para dicha interpretación correcta, durante los entrenamientos previos al partido, el d.t. de cada equipo, daba media hora diaria a los deportistas para practicar dichas arias. Cuya interpretación correcta o imprecisa, sumaba goles o puntos al resultado final del encuentro deportivo, por lo que si un equipo de fútbol ganaba uno a cero, y al comienzo del partido interpretaba mal el aria, terminaba perdiendo, tres a uno.
-          A la gente que descansaba plácidamente en el balneario local durante el verano, se le obligaba, que a la entrada y salida del centro veraniego, a modo de pago por entrada, debía danzar alguna música clásica, de cuya demostración física, dependerían las horas de permanencia en el balneario y el consumo de alimentos permitidos.
Hasta aquí algunas decisiones que se impusieron para que la gente vuelva a gustar de las artes en el pueblo... Lo que trajo diferentes resultados:
El principal fue, la emigración masiva a otros pueblos por parte  de los habitantes cansados de la prepotencia, pero un pequeño grupo aceptó la represión cultural y sobrevivió a esta etapa y logró volver a gustar de diferentes manifestaciones culturales de manera violenta. Luego de varios años, los habitantes de otros pueblos, sabiendo de que en Ferreyra habían buenos artistas, acudían constantemente a este pueblo para presenciar las diferentes obras presentadas por sus habitantes. Por su parte la población que había emigrado, lentamente fue regresando a su pueblo, para transformarse en  dueños de teatros, cines, salas de concierto, emisoras de radio, mercaderes de cultura... ....


viernes, 20 de junio de 2014

"Alejandro Dolina" entrevistado por Felipe Pigna

EL SECRETO
DEL PROFESOR DÍAZ

E
l profesor Díaz ocupaba una humilde vivienda de madera y chapa en los confines de la calle Bilbao. El óxido, el tiempo —o tal vez el propio profesor Díaz— abrieron un agujero en la pared de la cocina que daba justo al lavadero de la casa contigua, también muy pobre. Allí, a falta de ducha, solía bañarse la hermosa Virginia Salvarezza, una joven viuda que vivía sola.
El profesor Díaz la espió por primera vez el 10 de octubre de 1940. Siendo un hombre casto y solitario, el cuerpo jabonoso de Virginia, sumergido en un fuentón, lo perturbó rotundamente. Nunca antes había visto una mujer desnuda. Al día siguiente, faltó al colegio donde dictaba clases. Temía no poder resistir el deseo de contar lo que había visto. Y sus compañeros de trabajo no tenían con él ninguna clase de amistad que justificara la confidencia. Con el mayor cuidado, realizó mejoras en el agujero y lo cubrió con un almanaque de tintorero para evitar que la luz de su cocina se filtrara en el lavadero de Virginia y denunciara la existencia de aquella grieta.
Le costó bastante al profesor efectuar el segundo avistamiento.
Durante la primera semana, el lavadero se le apareció siempre desierto. Díaz llegó a pensar que la muchacha no se bañaba casi nunca o que cumplía sus enjuagadas precisamente en las horas de su ausencia. Descuidando sus obligaciones, el profesor estableció un perpetuo turno de guardia, con el ojo pegado a la hendidura. Finalmente, ciertas regularidades se le hicieron patentes y no tardó en organizar su vida alrededor de los baños de Virginia. Cambió su horario del colegio y renunció al cine de los sábados a la tarde. Empezó a detestar el invierno cuando advirtió que, en los días de frío, Virginia renunciaba a la higiene general.
En los primeros meses, se hizo el propósito de acercarse a la viuda y emprender unas cautelosas maniobras de seducción. Estaba enamorado. Pero a su natural timidez se agregó un sentimiento de culpa que le impedía sostener la mirada de Virginia. Cuando ella lo saludaba, creía notar en su voz un tono de reproche. Cualquier palabra le parecía una alusión a su bochornosa condición de mirón. A veces, sentía la tentación de confesárselo todo, de pedirle perdón y de redimirse en el ejercicio de una amistad casta. Pero tenía miedo de las consecuencias escandalosas, de sus alumnos, de las autoridades del colegio.
Algunas veces, mientras la espiaba, imaginó el efecto de una palabra, de un susurro a través del hueco en la pared.
—Virginia, Virginia, soy yo... El señor de al lado.
Era inútil. No había forma de continuar hablando sin pasar por el ridículo o la humillación.
Con el tiempo, el asunto perdió dramatismo y fue convirtiéndose en una costumbre que, aunque íntima y secreta, se hacía vulgar de tan repetida.
Pasaron años. El profesor Díaz nunca se casó ni tuvo novias. Su solo amor era Virginia. Durante muchísimo tiempo, escribió y corrigió interminablemente una carta para ella. Un día de 1954 llegó a meterla en un sobre. Después, lo guardó en el ropero.
Ella tampoco tuvo amores. Apenas una efímera aventura pasional con el lechero, en el verano de 1952. Díaz los escuchaba a través de los muros delgados. Pero aquello terminó pronto.
El agujero resistió las incursiones de pintores y albañiles. El profesor llegó a sospechar que la viuda conocía, toleraba y disfrutaba de aquellas indiscreciones. En ocasiones, le parecía que ella miraba fijamente al agujero. Su corazón se aceleraba y sentía la inminencia de un diálogo, que nunca sucedió.
Los dos fueron envejeciendo solitarios. Con la edad, Virginia vio amenguar la solidez de sus encantos y la frecuencia de sus inmersiones. Pero Díaz se mantuvo constante. Era muy difícil que se perdiera una sesión. En verdad, más que el goce, lo sostenía la insensata esperanza de que algo extraordinario ocurriera.
Anciano ya, Díaz encontraba estímulo para sus jornadas grises en aquellos ratitos de menesterosa intimidad. Después de tanto tiempo, ya estaba decidido que nadie iba a enterarse jamás de sus amores. Por otra parte, había atravesado la vida entera sin haber hecho un solo amigo. Pasaba semanas sin escuchar su propia voz.
Un día de 1981, el profesor Díaz salió a la calle y se encontró con un camión del Expreso Villalonga. Unas urgentes averiguaciones lo pusieron al corriente de su desventura: Virginia se mudaba. Sin perder un segundo, corrió a la cocina, destapó el agujero y se puso a espiar para ver si su vecina decidía un último lavado. Clausuradas sus esperanzas, fue hasta la puerta. El camión ya se había ido. Ella no se despidió. El viejo profesor se sentó en el umbral durante largas horas.
Un tiempo después, un matrimonio pasó a ocupar la vivienda de Virginia. La señora era bastante atractiva. Pero Díaz no volvió a la grieta de la cocina. Una tarde, sin siquiera echar una última mirada al otro lado, tapó el agujero. Al mes siguiente, se murió.


domingo, 16 de febrero de 2014

respeto

RESPETO 
El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan.
Karl Marx (1818-1883) Filósofo y economista alemán.
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Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas.
Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.
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Un erudito que no sea serio no inspirará respeto, y su sabiduría, por lo tanto, carecerá de estabilidad.
Confucio (551 AC-478 AC) Filósofo chino.
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El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad.
Juan Pablo II (1920-2005) Papa de la iglesia católica.
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La bondad es el principio del tacto, y el respeto por los otros es la primera condición para saber vivir.
Henry F. Amiel (1821-1881) Escritor suizo.
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El respeto mutuo implica la discreción y la reserva hasta en la ternura, y el cuidado de salvaguardar la mayor parte posible de libertad de aquellos con quienes se convive.
Henry F. Amiel (1821-1881) Escritor suizo.
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El respeto de sí mismo es, después de la religión, el principal freno de los vicios.
Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.
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El primer efecto del amor es inspirar un gran respeto; se siente veneración por quien se ama.
Blaise Pascal (1623-1662) Científico, filósofo y escritor francés.
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Las cuerdas que amarran el respeto de unos por otros son, en general, cuerdas de necesidad.
Blaise Pascal (1623-1662) Científico, filósofo y escritor francés.
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El sufrir merece respeto, el someterse es despreciable.
Victor Hugo (1802-1885) Novelista francés.
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